Vivir en familia

Compartir y enseñar la unión con el planeta




Como seres sociales, compartimos la vida con nuestras familias. ¿Y qué entendemos por familia? Nuestra ‘familia’, un concepto que varía en función de la sociedad, el tiempo histórico y las nociones culturales e individuales de cada persona. Con el paso del tiempo, este término progresa reflejando la evolución de nuestra cultura. En una sociedad occidental moderna, este concepto abarca familias de extensión muy distintas, concepciones estructurales diferentes y hasta relaciones fuera del ámbito biológico. Sin embargo, en todas las culturas, la familia está constituida por personas que son emocionalmente cruciales para nosotros. Todos queremos lo mejor para estas personas que queremos y que en algunos casos, educamos y formamos. Son estas semillas que están creciendo buscando su propio terreno en este mundo la futura sociedad de la Tierra.

Y es que más allá de nuestras diferencias sociales, la verdadera herencia que dejamos a nuestros descendientes es el planeta Gaia. Sabemos que queremos un mundo que presente un hábitat natural lleno de recursos para estas sonrisas llenas de vida que son nuestros hijos, hermanos pequeños, primos o sobrinos. Un planeta que libre del impacto humano en el medioambiente acoja a nuestros descendientes sin polución, sin calentamiento global ni efecto invernadero, con toda la biodiversidad propia que caracteriza la Tierra. Tenemos que ser conscientes de que los sistemas de producción masiva tienen consecuencias directas no solo en el medioambiente sino también en nuestra misma especie. La salud física de millones de personas se ve alterada por el impacto de la sociedad humana. El hecho de que un tercio del planeta sea víctima de la contaminación hídrica o que millones de personas sean afectadas por elementos como los sulfatos, nitratos, amoníaco, cloruro sódico, carbón o polvo de minerales que podemos encontrar en la atmósfera reflejan que tenemos el poder de dejar de ser nuestra propia arma de destrucción. Utilizando el conocimiento que hemos ido adquiriendo al largo del tiempo, tenemos que empezar a respetar y amar ese planeta que nos acoge, como manera de respetarnos y amarnos a nosotros mismos.



Y esta es la misión de todos y cada uno de nosotros, especialmente los que asumimos el rol de educadores en la sociedad. Existe la oportunidad de enseñar las herramientas que permitirán a las generaciones futuras vivir en equilibrio en un planeta vivo. Desde la cotidianidad de nuestros hogares podemos compartir pequeñas formas de tener una vida armoniosa con nuestro medio ambiente. Empezamos un día por la mañana, ¿qué energía utilizamos para encender la luz? Nos hemos planteado energías renovables como el autoconsumo energético de las placas solares que permiten un ahorro sustancial en nuestras facturas mensuales? ¿Y qué desayunamos para poder empezar nuestra actividad diaria? ¿Contribuimos al comercio local? Y aunque no nos podamos permitir un vehículo eléctrico como nos desplazamos a nuestros sitios educativos o trabajos? Todas nuestras acciones tienen un impacto a nivel global. Cada uno de nosotros tenemos el poder de decidir cómo contribuir a crear el mundo que queremos.


Siguiendo la percepción del inter-ser, la interrelación absoluta entre elementos, que comparten filósofos budistas como Thich Nhat Hanh, llevamos la Tierra dentro de nosotros. Alejándonos de valorar económicamente la naturaleza como fuente de recursos, tenemos que compartir a las generaciones futuras una visión de unión con la naturaleza. Mis padres me enseñaron que el planeta Gaia no es solo una fuente de recursos limitada para saciar nuestros deseos ilimitados, sino que formamos parte de un ecosistema armonioso. Solo espero poder llegar a compartir de la misma manera ese amor por mantener el vínculo que nos une al planeta Tierra.


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